A veces, miro la pantalla de mi teléfono y parece un altar de perfección. Veo publicaciones de personas que se levantan a las 4:00am, para entrenar, fotos de café acompañadas de versículos bíblicos subrayados con esmero, y frases sobre "crecimiento personal" que parecen sacadas de un manual de iluminación. Yo también he estado en esa misma sintonía, compartiendo mi mejor ángulo y mis pensamientos más pulidos.
Pero últimamente, me he hecho una pregunta incómoda: ¿de qué sirve la disciplina de un guerrero si mi corazón se siente distante de quienes me rodean? He conocido a personas que recitan la Biblia de memoria, pero cuya lengua se convierte en un látigo de juicios. He visto a entusiastas del fitness que cuidan su cuerpo con una disciplina casi militar, pero que no pueden sostener la mirada con ternura hacia un camarero o pedir una disculpa sincera. Y ahí es donde la palabra "coherencia" deja de ser solo una etiqueta bonita y se transforma en un espejo brutal.
He aprendido que no somos solo lo que mostramos en nuestro estado de WhatsApp. No somos la estética de nuestro perfil de Instagram ni la intensidad de nuestras rutinas diarias. Al final del día, cuando el ruido de los "likes" se apaga, solo queda una verdad desnuda: cómo hicimos sentir a las personas. La gente puede olvidar tus logros, tus títulos o la marca de tu ropa, pero jamás olvidará la sensación que les dejaste en el corazón después de hablar contigo. Si los hiciste sentir pequeños para que tú te vieras grande, o si les ofreciste un refugio en medio de su tormenta.
El verdadero liderazgo interior no se alardea; se siente. No necesita megáfonos porque las acciones hablan por sí solas, y su voz es mucho más potente que nuestras palabras. La coherencia es entender que nuestra espiritualidad no se mide por cuántos versículos compartimos, sino por cuánta paciencia tenemos con quienes nos sacan de quicio. Nuestro crecimiento no se valida por la hora a la que suena la alarma, sino por la disposición de nuestras manos para ayudar a otro a levantarse.
Así que, podemos intentar engañar al algoritmo con una vida de catálogo, pero no podemos ocultar la energía que realmente emitimos. Hay una brecha peligrosa entre la imagen que proyectamos y la persona que somos cuando nadie nos observa. A menudo, nos golpeamos el pecho, mostrando una rectitud y evolución que solo existen en la superficie, mientras que nuestras acciones en privado cuentan una historia completamente diferente.
La verdadera coherencia no se trata de una publicación impecable; es la armonía entre lo que decimos y lo que hacemos cuando no hay cámaras grabando. No tiene sentido predicar la bondad si nuestro trato es áspero, ni hablar de paz si nuestras acciones siembran discordia. Al final, tu legado no se almacenará en la nube ni en estados que desaparecen en 24 horas; se quedará grabado en la memoria emocional de aquellos que tuvieron que lidiar con tu realidad, no con tu personaje.
Ser de palabra no es solo un eslogan para el perfil; es un compromiso de vida. Si tus acciones no respaldan tus bonitas palabras, estas se convierten en ruido. Menos golpes de pecho y más integridad en los pequeños detalles, porque es ahí, en el trato cotidiano y sin testigos, donde realmente se revela quiénes somos.
El mundo no necesita más personas que predican lo que no viven; necesita seres humanos cuya vida sea su mejor mensaje.
Recuerda: El mundo tiene demasiados "maestros" y muy pocos seres humanos coherentes.


