domingo, 27 de septiembre de 2026

UNA CONVERSACIÓN CON MIS DOS VERSIONES


Cada mañana nos despertamos con una reunión silenciosa en la cabeza. No necesita convocatoria ni aviso; simplemente ocurre en el momento en que abrimos los ojos o nos sentamos frente a una página en blanco. De un lado de la mesa se sienta mi Yo que impulsa, lleno de visión, entusiasmo y unas ganas desbordantes de comerse el mundo. Pero al otro lado, con los brazos cruzados y sin ningún tipo de prisa, se acomoda mi Yo que frena, ese especialista en poner paños calientes y susurrarme al oído: «Tranquila, no hay apuro... eso lo puedes hacer después».

Esta convivencia no es una teoría lejana, se vive a diario en los pequeños detalles. Es esa fuerza repentina que te anima a planear una nueva meta o ponerme los zapatos para salir a entrenar, enfrentada a esa otra voz tan persuasiva que te convence de que el clima está fresco y que la cama se siente mucho mejor. Es el impulso visceral de lanzar un proyecto, enfrentado a la sugerencia tibia de revisar las redes sociales solo cinco minutos antes de empezar.

Durante mucho tiempo vi al Yo que frena como a un enemigo intruso, un saboteador empeñado en arruinar mis planes. Sin embargo, con el tiempo comprendí algo fundamental: esa voz no busca mi fracaso. Su trabajo principal, aunque a veces torpe, es mantenerme a salvo.

El Yo que impulsa ama la aventura, el crecimiento y la visibilidad. Pero todo crecimiento implica exponerse al error, a la crítica o al cansancio. Es ahí donde aparece el Yo que frena, utilizando la postergación no por malicia, sino como un escudo. Me dice «mañana» porque hoy quiere protegerme de la incomodidad, de la posibilidad de fallar o de no estar a la altura de mis propias expectativas. El verdadero problema no es que aparezca, sino que a veces le otorgas la dirección ejecutiva de tu vida, transformando lo que era una simple prudencia en una parálisis silenciosa.

Con el tiempo he descubierto que ninguno de los dos se va a ir. La clave no está en silenciar a ese guardián temeroso —lo cual es imposible—, sino en aprender a conversar con él sin entregarle el volante.

Cuando me descubro escuchando el famoso «déjalo para después», ya no me peleo con la sensación ni me culpo por sentir pereza. Simplemente la reconozco como una señal de que estoy a punto de salir de mi zona de confort. Para engañar a esa resistencia, achico el paso: si la tarea se siente enorme, no busco resolverla de un golpe, me propongo escribir solo una línea, ordenar un solo papel o moverme cinco minutos. Así, el freno se relaja porque no ve peligro en un gesto pequeño, y el impulso encuentra el espacio que necesitaba para empezar a andar.

Convivir con estas dos fuerzas es, en el fondo, lo más humano que hay. La próxima vez que sientas esa tirantez entre las ganas de avanzar y la tentación de posponer, recuerda que no hay nada malo en ti. Es solo el diálogo eterno entre tus ganas de crecer y tu necesidad de seguridad. La tarea de cada día es asegurarnos de que, por más prudente que sea el freno, el volante lo siga llevando nuestro deseo de avanzar.


lunes, 10 de agosto de 2026

EL JUEGO DE AJEDREZ



Quizá muchas veces nos cueste creer lo que nos está pasando y esto es algo natural, porque el ser humano es un misterio. 

Escucho con mucha frecuencia a personas preguntarse: ¿por qué me pasó o me está pasando esto a mí? Simplemente, porque le tocó pasar por esa situación. Pero el problema radica en que cuando estamos atravesando por una situación difícil, pensamos que el mundo se termina en ese momento y que no tenemos otra salida; sin darnos cuenta que la vida es un juego. Se tiene que pensar en las decisiones que se toman, desconfiar del primer impulso y estar consciente que cada paso dado, significa que no hay vuelta atrás.

Durante mucho tiempo me hacía esa misma pregunta, cuya respuesta la logré obtener después de muchos años, cuando me atreví a comparar la vida con el juego de ajedrez. El tablero no es precisamente convencional, los jugadores luchan sin igualdad de oportunidades y aunque hay cientos de fichas diferentes para cada jugador, algunas pueden jugar para varios jugadores simultáneamente, siendo cada una de ellas el rey en su propia partida. Pero, aquí hay que tenerle respeto al adversario: el tiempo. 

Es imposible vencerlo, y él lo sabe. Él tiene la capacidad de comenzar miles de partidas, mientras juega contra millones, y no hay un día que pierda un juego. Tiene un as, y no precisamente bajo la manga, sino justo al frente. Y, lo peor del caso es que no necesita esconderlo, lo muestra a plena luz del día sin remordimientos. Sabe que sus contrincantes únicamente pensaran en las fichas que tienen y en las que pierden, sin preguntarse por qué o cómo las han perdido. 

También, sabe que la mayoría de ellos no están conscientes de las partidas, no sabrán que están jugando y no moverán una pieza, simplemente dejarán que continúe la partida.

Solo somos una ficha en el tablero y comenzamos a jugar cuando nacemos.  Jugamos siendo el rey, el que tiene la responsabilidad de mover las piezas, de arriesgarse y sacrificar de ser posible todas las fichas en post de aguantar con toda la prudencia posible, una partida que nunca podrá ganar contra un jugador que no conoce la derrota. 

Comenzamos el juego con un número de fichas, nuestra familia. Estas por lo general suelen ser de las mejores fichas que podamos tener a lo largo del juego, de las que no queremos perder nunca. Y así, mientras avanza el juego vamos ganando fichas y perdiendo otras. Cada persona que conozcamos se va sumando al juego e influirá de una forma u otra en el tablero. En este tablero no es solo mover las piezas, sino tener la valentía de saber que habrá momentos en los cuales nuestra decisión no fue la más acertada y eso nos afectará de una u otra manera.

A lo largo de la partida iremos moviendo las piezas, realizando cada jugada creyendo que es el mejor movimiento, pero habrá momentos que, seremos incapaces de mover una ficha. También, habrá momentos en los que tengamos que sacrificar una o varias de nuestras fichas. No es fácil hacer eso, lo sé por experiencia, pero a veces cuando una ficha nos esté impidiendo avanzar, lo mejor es deshacernos de ella y desecharla sin flaquear y concentrarnos en que el tiempo no perdona.

Pensar que esa es la única ficha a la cual prestarle atención, es una pérdida de energía, porque siempre aparecerán otras nuevas y no podemos perder la concentración en la partida, porque por mucho que se complique la jugada, por muchas piezas que perdamos o sacrifiquemos, hasta que el tiempo no haga su jaque mate, nuestra partida continuará con nosotros, y con ella nuestra capacidad de decidir.

El tablero está listo, las piezas están justo donde deben estar y cada día tendremos la oportunidad de decidir que piezas mover, tomando en consideración las estrategias que la jugada anterior nos enseñó. Sigamos jugando hasta que el tiempo nos diga: jaque mate. 


martes, 28 de julio de 2026

LA VIDA ES UNA OBRA DE TEATRO



Hemos escuchado que la vida es como una obra de teatro y que metáfora más asertiva. Cuando comienzo a recorrer mi historia paseándome por todas las etapas, siempre me detengo a reflexionar sobre lo que he vivido. 

Cada época con sus luces y sombras, me han formado, me han liberado y me han arrastrado a situaciones nada agradables. Sin embargo, cada una tiene su encanto, porque mi historia la escribo yo, no mis circunstancias. Nacemos con un libro entre las manos que, sus primeras páginas las escriben nuestros padres y justo comienza con el nombre de la obra en la portada: Norys Zerpa

He interpretado muchos papeles y cada uno me ha dejado un aprendizaje, no recuerdo el momento exacto en que di mis primeros pasos, ni guardo en mi memoria la fecha exacta en que pronuncié “mamá” o “papa” por primera vez. Esas primeras líneas las escribieron otros por mí en la bitácora de mi infancia.

Sin embargo, cuando la luz del escenario empezó a iluminarme con más fuerza, mi memoria cobró vida: recordé con claridad mi etapa del colegio, con todas sus locuras, los recreos interminables, la frescolita con pan y los primeros descubrimientos.

Con el tiempo comprendí que, nadie protagoniza su propia historia en un escenario vacío.  Esto hizo posible que poco a poco mi libro se fuera llenando de nombres, rostros y voces. En cada encuentro con familiares y amigos descubrí que cada persona que se cruzaba en mi camino venía con su propio guion, su propia trama y sus propias batallas. Ninguno estaba allí por casualidad, porque todos tenían un papel fundamental en mi obra de teatro. A pesar de que algunos ya no forman parte del elenco, fueron piezas claves para cambiar el guion y adaptarlo a los nuevos personajes. 

Por eso, en esencia, la vida es una monumental obra de teatro y para que el montaje llegue con éxito al escenario, se necesita mucho más que un actor principal.

Se requiere un elenco diverso: esas personas que entran a nuestra vida para hacernos reír, para ser cómplices, para desafiarnos o para enseñarnos lecciones amargas, pero necesarias. Además, del elenco, también necesitamos guionistas implícitos: nuestras experiencias, decisiones y giros inesperados del destino, que nos sirven para seguir trazando la ruta de la trama. 

También, un director que, desde la intuición o la fe, nos indique cuándo es el momento de hacer una pausa, cuándo cambiar el tomo, cuándo poner límites y cuándo avanzar con valentía. Y, esto no es todo, necesitamos un elenco especial, ese que está detrás del telón: los abrazos silenciosos, el apoyo de la familia, el lo estás haciendo bien, las palabras de aliento que nadie más escucha, pero que nos dan la fuerza para seguir cada día.

Además, no olvidemos que, muchas veces la función nos exige improvisar y otras veces el guion da un giro drástico que nos deja sin aliento. 

Por eso, tendremos escenas de comedia, momentos de profundo drama y actos donde sintamos que olvidamos la letra, pero lo grandioso de esta obra es que, sin importar cuán difícil sea la escena actual, la función debe continuar. 

Hoy cuando me detengo a mirar el escenario de mi vida, honro a cada personaje que ha pisado mis tablas, a los que siguen en primera fila y a los que cumplieron su papel y salieron de escena. Mi libro ya no está en blanco, pero aún le quedan muchas páginas por redactar.

La obra sigue en marcha, la escenografía está lista y los focos están encendidos. Me toca a mí —nos toca a todos— salir al escenario con el alma entera y dar la mejor interpretación posible de nuestra propia historia.

Ahora, todos al escenario con la mejor actitud. 



sábado, 4 de julio de 2026

Bastaron 39 segundos




El tiempo, es simplemente una ilusión que medimos en la comodidad de la rutina. Pensamos que tenemos los años, los meses, los planes del próximo fin de semana para salir con los amigos, pero la realidad es otra. El pasado 24 de junio, a miles de venezolanos le bastaron 39 segundos para que sus ojos se apagaran. Dos sismos consecutivos para recordar de la manera más dolorosa posible, que la vida entera cabe en un pestañear de ojos.  

Treinta y nueve segundos, fue todo lo que se necesitó para que hogares construidos con el esfuerzo de décadas se volvieran polvo, para que familias enteras quedaran atrapadas entre los escombros y para que los hogares y los corazones de miles de personas cambiaran para siempre.

Hoy vemos con dolor a hijos buscando a sus padres entre los escombros y a papás que no pierden la fe de encontrar a sus hijos; y es que, en ese ratico, a demasiada gente simplemente se le apagó la luz.

Y en esa terrible oscuridad, lo único que se pedía era ayuda. Pero ante la negligencia de los organismos competentes, las personas no se quedaron de brazos cruzados y sin importarles absolutamente nada, tomaron el control a pesar del profundo dolor que sentían. Por eso, sin herramientas, pero con la fe puesta en Dios y el amor por el prójimo, empezaron a mover los escombros con la mejor herramienta que tenían: sus manos desnudas.

Ver a vecinos salvando a vecinos demuestra una solidaridad pura del alma que se niega a rendirse, porque así somos los venezolanos, unidos en los momentos que más nos necesitamos. Pero esta solidaridad se extiende hacia todas esas personas que han venido a apoyar; rescatistas de varias partes del mundo, quienes han manifestado un profundo agradecimiento al pueblo por su generosidad a pesar de las circunstancias. Ellos, que han visto catástrofes por todo el mundo, se han quedado asombrados como la población se volcó por completo a ayudar, a través de médicos trabajando en el sitio, camiones llenos de donaciones de gente a la que tampoco le sobra, y voluntarios abrazando a los que se quedaron sin nada.

Toda esta movilización y entrega humana merece ser tratada con el mayor de los respetos, especialmente desde afuera. Por eso, en medio del caos, la información oportuna y real se vuelve una herramienta de primera necesidad para saber qué pasa, coordinar apoyos y salvar vidas. Saber lo que ocurre nos conecta y nos moviliza, pero hay una línea muy delgada entre mantener a un país informado y caer en el amarillismo. Exponer la desgracia con crudeza innecesaria, repetir imágenes desgarradoras solo por generar impacto o convertir la tragedia en un espectáculo visual no ayuda a nadie; al contrario, desensibiliza el dolor y revictimiza a quienes ya lo perdieron todo. Informar es un acto de servicio y de responsabilidad, no una excusa para alimentar el morbo.

Pero la tragedia, desafiándonos a mirar en lo más profundo, también saca a la luz la falta de empatía de algunos. Mientras unos dejaban las uñas entre los escombros, otros vieron en la desgracia una oportunidad para buscar vistas y seguidores en sus redes sociales. 

Da mucha impotencia ver a personas transformando la entrega de donaciones en una sesión fotográfica y sonriendo como si estuvieran en una fiesta, usando el luto de una familia para ganar un "me gusta". Es una profunda desconexión humana, porque el dolor del otro se respeta; no es contenido para internet ni publicidad, sino una herida abierta que pide silencio y decencia. 

Esta realidad nos confronta con una verdad incómoda: la vida se nos escapa en un segundo. Esos 39 segundos nos tienen que hacer reaccionar a los que seguimos aquí, a los que a veces pasamos los días discutiendo por tonterías, guardando los "te quiero" para después o viviendo desde el orgullo y el conflicto. 

Recordemos que nadie tiene el mañana comprado. La gente que quedó allí esa tarde tenía planes para la noche, cafés pendientes y promesas por cumplir. 

Por eso, no dejemos que este dolor pase en vano y aprovecha el tiempo hoy. Llama a esa persona con la que estás distanciada por una tontería, abraza fuerte a tus hijos, mira a los ojos a tu pareja y agradece el techo que hoy te resguarda. Que la lección de estos 39 segundos no sea vivir con miedo a que la tierra tiemble, sino la urgencia de vivir despiertos, queriendo de verdad y valorando cada respiro con el corazón bien puesto en lo que de verdad importa.



domingo, 14 de junio de 2026

Gobernar el caos desde adentro: Las claves de la soberanía emocional


Vivimos intentando gestionar un mundo que no nos pertenece. Nos desgastamos descifrando por qué el jefe usó ese tono, por qué la pareja no reaccionó como esperábamos o qué pensará el entorno si tomamos una decisión diferente. Pasamos los días pidiendo permiso, disculpándonos por anticipado y alquilando nuestra tranquilidad al mejor postor.

Eso no es vida; es un territorio invadido.

Existe una diferencia abismal entre la autonomía y la soberanía emocional. Ser autónomo es ser funcional: manejas tu coche, pagas tus cuentas, resuelves tus problemas y trabajas sin que nadie te diga el paso a paso. Eres independiente. Pero ser soberano es otra escala del ser. La soberanía emocional es el poder absoluto sobre tu territorio interno; es la capacidad de decidir qué entra y qué no en tu mente y en tu cuerpo.

Cuando eres soberano, entiendes que la mala educación de otra persona o la crisis del entorno ocurren en el espacio del otro. No tienen autoridad en el tuyo a menos que tú les entregues las llaves.

Para dejar de buscar en otro mundo lo que ya habita en el tuyo, es fundamental el autoconocimiento, porque te permite estar claro y consciente de tus fortalezas, vulnerabilidades y emociones. Además, esto te lleve a ser auténtico y te permite tener tu propio sistema de gobierno. 

En este sentido, haré referencia a mi libro el Miedo: Método ANOR para afrontarlo. Este método no tiene una fórmula mágica, pero si lo aplicas de forma consciente, te devolverá el mando.

Método ANOR

Cuando una emoción intensa (miedo, rabia, tristeza) intenta invadir tu cuerpo, la solución no es "pensar positivo" ni reprimir el impacto. Eso es pura fantasía. La solución es aplicar una estrategia de cuatro pasos:

  • Aceptar (Dejar de pelear con el síntoma)

El primer error ante una crisis es resistirse. Si sientes un frío en el estómago o un nudo en la garganta ante una conversación difícil, la tendencia es tragar grueso y fingir demencia. Aceptar es bajar la mirada al cuerpo y permitir que la química de la emoción esté ahí. No la juzgas, no te críticas por sentirla; solo validas el estado real de tu territorio. La resistencia estresa el sistema; la aceptación lo calma.

  • Nombrar (Quitarle el anonimato al invasor)

El cerebro se paraliza ante lo abstracto. Decir "tengo una angustia horrible" o "me siento mal" alimenta el pánico. Nombrar exige precisión quirúrgica. Consiste en sacar el monstruo de la cabeza y ponerle una etiqueta exacta: "Lo que estoy experimentando en este momento es miedo a equivocarme en esta propuesta y ser rechazado". En el instante en que le pones nombre y apellido al temor, la actividad biológica se muda de la zona del pánico a la zona de la lógica. Le quitas el anonimato y, con ello, la mitad de su fuerza.

  • Ocuparse (El inventario de recursos)

Una vez que la mente se enfría, pasas de la parálisis a la estrategia. Ocuparse es trazar una línea divisoria y preguntar: ¿Qué de todo esto está bajo mi mando y qué le pertenece al resto del mundo? Si tienes una deuda, el estado del banco es real, pero ignorar los números no lo resuelve. Ocuparse es abrir las cuentas, ver la cifra de frente, reconocer tus talentos para generar y diseñar una acción ejecutable de cinco minutos. Retiras la energía de la queja y la pones en el recurso.

  • Retar (La expansión del territorio)

La soberanía se consolida en la acción incómoda. Retar no es ser temerario; es actuar a pesar del ruido mental. Es el momento donde decides que tu bienestar es más importante que la comodidad del entorno. Cada vez que sostienes un "no" sin inventar una excusa o una mentira para complacer al otro, estás retando el viejo hábito de esconderte. Cada incomodidad voluntaria que superas ensancha tu propio mundo.

Imagina que estás agotado tras una semana intensa de trabajo. Un familiar te llama a última hora del domingo para pedirte un favor que no es una emergencia, pero que implica romper tu espacio de descanso.

Una respuesta sin soberanía acepta el compromiso con fastidio, pasa el domingo de mal humor y rumia en silencio: "Siempre abusan de mí". O, en su defecto, inventa una mentira piadosa ("es que me siento mal") para no quedar mal. El personaje complaciente toma el control.

Una respuesta con Soberanía Emocional aplica el método en segundos: Acepta la tensión de la llamada, Nombra el miedo a que el otro se moleste, se Ocupa de su propio territorio recordando que su descanso es sagrado para poder rendir el lunes, y Reta la situación diciendo con claridad: "Gracias por pensar en mí, pero hoy decidí quedarme a descansar".

Y aquí está el verdadero quiebre: lo sostiene sin culpa. Entiende que la posible molestia del familiar es un asunto que no te compete. Tu paz no cambia de dueño por la expectativa ajena.

La soberanía emocional no te convierte en un ser frío e imperturbable; te convierte en un ser íntegro. El Método ANOR es una herramienta que rige tu vida para que, la próxima vez que el entorno intente invadirte, recuerdes que en este territorio el único dueño consciente eres tú.


sábado, 30 de mayo de 2026

EL PODER DE SER TÚ MISMO



Durante mucho tiempo he sido defensora por excelencia de la autenticidad, para mí no hay nada más honesto y maravilloso que ser nosotros mismos.  Sin embargo, como todo ser humano perfectamente imperfecto, también se me van los ojos hacia otros lugares. Hace unos días me di cuenta de algo que no me gustó. Estaba mirando mi teléfono, pasando de un perfil a otro, viendo cómo todos parecían tenerlo todo bajo control. 

Me sentí un poco mal, como si algo no estuviera bien. Entonces escuché esa voz que a veces te dice: “¿Y si cambias un poco?”, “¿Y si hablas de otra manera?”, “¿Y si te adaptas un poco más?”.

Me detuve un momento, respiré profundamente y me olvidé del teléfono por un buen rato. Después, cuando reaccioné y me di cuenta de que estaba cayendo en una trampa muy común: tratar de gustar a desconocidos.

Fue entonces cuando ratifiqué lo que siempre he mencionado: el poder de ser tú mismo. Esta no es solo una frase bonita para decorar la mesa, es algo esencial para mantener la salud emocional.

Nos hemos hecho creer que, para tener éxito, ser valorados o amados debemos cambiar quiénes somos. Nos metemos en moldes que nos hacen sentir incómodos. Pero la verdad es que ya hay muchas personas perfectas en el mundo. Lo que realmente falta es gente auténtica, imperfecta y real.

Ser auténtico no significa no importarte lo que los demás piensen o ser arrogante. La autenticidad viene de un lugar más profundo: conocerse a uno mismo.

Conocerse es como sentarse a tomar un café con tus propios pensamientos. Es mirar tus puntos fuertes y débiles de frente. Es saber en qué eres bueno y en qué no te sientes seguro.

Por ejemplo, durante mucho tiempo me costó aceptar que soy muy sensata. En el trabajo, pensaba que la sensibilidad era un defecto que debía ocultar. Me esforzaba mucho por ser alguien que no era. El día que acepté mi sensibilidad y entendí que era también la fuente de mi empatía y de mi intuición para escribir, todo cambió. Dejé de luchar contra mí misma.

Y es precisamente esa autenticidad la que hace crecer tu amor propio, por la conexión profunda que existe entre ellos.

Actualmente, se ha comercializad que el amor propio es una tarde de spa o comprarte un capricho, pero el amor propio real, el que sostiene la autenticidad, ocurre a puerta cerrada.

El amor propio es cuando te miras al espejo y admite que has cometido un error. Entonces, te dices a ti mismo: “Estuvo mal, pero me acepto y voy a arreglarlo". Esto también significa decir “no” a algo que no es bueno para ti, aunque pueda molestar a otros.

Somos personas únicas. Hay miles de millones de personas en el mundo, pero ninguna tiene la misma historia, las mismas heridas, la misma risa, los mismos talentos y la misma forma de ver la vida que tú. Si tratas de ser como alguien más, estás quitando al mundo algo que no se va a repetir nunca más.

Cuando decide ser tú mismo, algo especial sucede. Te libras de un peso que ni siquiera sabías que llevabas: la presión de lo que otros esperan de ti.

Tus puntos fuertes te impulsarán a crear, a liderar y compartir tus habilidades con los demás. Tus debilidades te mantienen conectado con los demás y te recuerdan que siempre estás aprendiendo y creciendo. No eres perfecto, sino que estás en proceso de crecimiento.

Quiero invitarte a ser valiente ya brillar tal como eres. No pidas permiso para ser tú mismo, con tus errores, dudas, días buenos y malos, y pasiones intensas. 

Sé tú mismo. Ahí está tu verdadero poder.


martes, 19 de mayo de 2026

EL EQUILIBRIO ES LA CLAVE




Durante mucho tiempo pensé que vivir con intensidad significaba irme a los extremos. Creía que entregarse por completo a una causa, a un trabajo o a una persona era la máxima prueba de pasión. Tardé varios golpes en la cara en entender que la vida no premia los excesos, sino la armonía. Al final, para que cualquier cosa funcione de la mejor manera posible en este mundo, el único cimiento real es el equilibrio.

El equilibrio no es un estado estático; es un movimiento constante. Es como caminar sobre la cuerda floja: te mueves un milímetro a la izquierda, compensas hacia la derecha. Si te quedas rígido, te caes. Y en el mapa de nuestras vidas, este juego de contrapesos es fundamental, especialmente cuando hablamos de nuestras relaciones interpersonales y nuestras habilidades sociales.

Si la balanza se inclina hacia un solo lado de forma sostenida, la estructura colapsa. Así no puede funcionar la vida.

El mejor terreno para mirar esto de frente es la relación de pareja. Hace un tiempo observaba una dinámica que me hizo reflexionar profundamente sobre esto. Al principio de una relación, es facilísimo perder el centro. Conozco el caso de alguien que, por el deseo absoluto de hacer funcionar su matrimonio, empezó a ceder terreno de forma silenciosa. Cedía en sus espacios, en sus opiniones, en sus gustos y hasta en sus silencios, todo con tal de mantener "la fiesta en paz" y ver feliz al otro.

Al principio parecía un acto de amor generoso. Pero lo que realmente estaba haciendo era vaciar su lado de la balanza para llenar el ajeno.

¿El resultado? El peso se volvió insostenible. Cuando tú le entregas todo el peso de la relación al otro y te desdibujas, la balanza se va hacia un solo lado. No hay simetría. Al cabo de los años, el que cedió todo terminó habitando el resentimiento, sintiéndose invisible y ahogado, mientras que el otro se acostumbró a cargar con un peso que no le correspondía o a asumir una posición de control que terminaba asfixiando el vínculo. Una relación de pareja donde uno lo da todo y el otro solo recibe no es un refugio; es una cuenta regresiva hacia el colapso.

Mantener buenas relaciones interpersonales no se trata de someterse ni de imponerse. Tus habilidades sociales no miden qué tan simpático eres de cara a los demás, sino qué tan capaz eres de trazar límites sanos que protejan tu espacio sin invadir el del vecino.

Para amar bien, para trabajar bien, para convivir en sociedad, necesitamos aprender a regular el peso que ponemos en cada plato de la balanza. Dar y recibir. Escuchar y hablar. Ceder y sostenerse firme. Cuando entiendes que tu paz depende de que ningún extremo te gobierne, dejas de pelear con la realidad y empiezas a caminar más ligero. 

La vida es demasiado sabia: todo aquello a lo que le pones un peso excesivo, termina por romperse.